Por Antonio Bejarano Abril
Oftalmólogo especialista en retina y oncología ocular
Soy Antonio Bejarano Abril, oftalmólogo especializado en retina y oncología ocular. Realicé mi fellowship de retina en el Hospital de Getei y en la Fundación Adolphe de Rothschild de París, y actualmente estoy completando un fellowship en oncología ocular en el Wills Eye Hospital de Filadelfia.
En este artículo quiero ofrecer una explicación completa, clara y didáctica sobre la autofluorescencia del fondo de ojo, una herramienta fundamental tanto en retina médica como en oncología ocular. El objetivo no es solo reconocer los patrones de autofluorescencia, sino entender por qué aparecen, cuáles son sus bases fisiológicas y cómo interpretar esta información para aplicarla a la práctica clínica real.
¿Qué es la autofluorescencia?
La autofluorescencia es una técnica de imagen no invasiva que permite visualizar la luz emitida por los tejidos oculares sin necesidad de contraste. Para ello, iluminamos la retina con luz azul, habitualmente alrededor de los 488 nanómetros, que es absorbida por determinados pigmentos llamados fluoróforos. Al excitarse, estos emiten luz de mayor longitud de onda, que es la que captamos como imagen de autofluorescencia.
El fluoróforo más importante del fondo de ojo es la lipofuscina, un pigmento que se acumula en el epitelio pigmentario de la retina (EPR) como resultado de la digestión incompleta de los segmentos externos de los fotorreceptores. La lipofuscina aumenta progresivamente con la edad: a los 70 años podemos tener hasta cuatro veces más que a los 20.
Dentro de la lipofuscina destaca el compuesto A2E, altamente reactivo, capaz de generar radicales libres cuando se expone a la luz, provocando estrés oxidativo y daño celular. Por este motivo, la autofluorescencia es una herramienta clave para evaluar la salud metabólica del EPR.
Autofluorescencia normal
En una autofluorescencia normal, la mácula aparece más oscura y la fóvea prácticamente negra. Esto se debe al pigmento xantófilo, compuesto por luteína y zeaxantina, que se acumula de forma fisiológica en la región macular, especialmente en la capa plexiforme externa y la capa nuclear interna.
Este pigmento cumple dos funciones esenciales: actúa como filtro de luz azul, reduciendo el daño fotoquímico, y como antioxidante, neutralizando radicales libres. Esta función protectora explica el aspecto hipofluorescente de la mácula.
Sin embargo, este mismo pigmento puede enmascarar una atrofia del EPR subyacente, de modo que una fóvea muy negra puede ser normal o esconder una atrofia severa. Para superar esta limitación existen sistemas que emplean longitudes de onda verde-amarillas, que atraviesan mejor el pigmento xantófilo y permiten una evaluación macular más fiable.
Patrones anormales de autofluorescencia
Los patrones patológicos se dividen en hipoautofluorescencia e hiperautofluorescencia.
Hipoautofluorescencia
Puede deberse a dos mecanismos principales:
Atrofia del EPR, donde la lipofuscina desaparece y no existe tejido capaz de emitir autofluorescencia.
Efecto máscara, cuando estructuras situadas por encima del EPR bloquean la luz, como vasos, hemorragias, cicatrices, fibrosis u opacidades de medios.
La autofluorescencia por sí sola no permite distinguir ambos mecanismos, por lo que la imagen multimodal, especialmente la OCT, es imprescindible.
Hiperautofluorescencia
Se produce por tres mecanismos:
Acumulación excesiva de lipofuscina, como en la enfermedad de Stargardt, Best, distrofias patrón o fases preatróficas de DMAE.
Materiales fluorescentes por encima o debajo del EPR, como drusas serosas, cicatrices recientes de láser, productos de degradación hemática o fluido subretiniano.
Efecto ventana, cuando disminuye o se desplaza el pigmento xantófilo, permitiendo que la autofluorescencia del EPR sea más visible (por ejemplo, en edema macular quístico o telangiectasias maculares).
Aplicación clínica
La autofluorescencia es especialmente útil en múltiples escenarios clínicos:
Diferenciar edema papilar de drusas del nervio óptico
Identificar patrones característicos en enfermedad de Stargardt
Evaluar la antigüedad y cronicidad de la coriorretinopatía serosa central
Interpretar la evolución de hemorragias, marcas de láser y oclusiones venosas
Valorar la actividad del EPR en DMAE y otras patologías degenerativas
Autofluorescencia en oncología ocular
En oncología ocular, la autofluorescencia aporta información clave. En el melanoma coroideo, el tumor suele ser iso o hipoautofluorescente por la melanina, pero la presencia de pigmento naranja (macrófagos cargados de lipofuscina) indica actividad tumoral.
En hemangiomas coroideos, metástasis, retinoblastomas o hipertrofia congénita del EPR, la autofluorescencia permite valorar actividad, daño del EPR y cambios metabólicos inducidos por el tumor.
Conclusión
La autofluorescencia es una herramienta extraordinaria para comprender la salud del epitelio pigmentario, detectar actividad patológica y seguir la evolución de numerosas enfermedades retinianas y tumorales. Su correcta interpretación, siempre dentro de un enfoque de imagen multimodal, mejora de forma significativa nuestra comprensión de la fisiopatología retiniana y nuestra toma de decisiones clínicas.


