Por Gonzaga Garay Aramburu
Especialista en retina médica y quirúrgica. Hospital Universitario Basurto (Bilbao). Profesor asociado de Oftalmología, Universidad del País Vasco.
Hola, soy Gonzaga Garay Aramburu, especialista en retina médica y quirúrgica en el Hospital Universitario Basurto de Bilbao y profesor asociado de Oftalmología en la unidad docente de Basurto, de la Universidad del País Vasco. En primer lugar, quiero agradecer a la Sociedad Española de Retina y Vítreo la invitación para participar en estos podcasts.
En este artículo comparto algunas reflexiones sobre hacia dónde nos llevan las consultas de patología macular. No pretende ser un análisis exhaustivo ni técnico, sino una mirada clínica y crítica, basada en lo que vemos en consulta, en las publicaciones y en los congresos.
Dos décadas de transformación… y retos que persisten
En los últimos 20 años hemos vivido una transformación extraordinaria. Hemos pasado de ver pacientes con patología macular exudativa que perdían visión sin remedio, a poder ofrecer estabilidad y, en muchos casos, mejoría funcional. Disponemos de fármacos eficaces, OCT de altísima resolución, inteligencia artificial emergente y protocolos organizativos más estructurados.
Pero, al mismo tiempo, seguimos viendo retinopatías diabéticas sin cribar, membranas con fibrosis, salas de espera saturadas y listas de espera que impiden tratamientos adecuados. Aun así, en los últimos meses se han abierto nuevas líneas terapéuticas, tecnológicas y organizativas que esperamos que mejoren la actividad asistencial.
Nuevas moléculas, biosimilares y terapias génicas: oportunidades y desafíos
En el terreno terapéutico, han llegado moléculas que amplían la duración del efecto y permiten espaciar con mayor seguridad las inyecciones más allá de lo que veníamos haciendo. El horizonte farmacológico es prometedor, pero persisten retos.
La variabilidad de respuesta sigue siendo notable: algunos pacientes entran en fase seca en pocos meses, mientras otros mantienen fluido crónico pese a cumplir criterios y recibir tratamiento. No todos toleran esquemas prolongados y las recaídas siguen formando parte del escenario clínico.
Aquí cobra fuerza la necesidad de avanzar hacia una medicina de precisión. Además, la práctica clínica real recuerda que todavía podemos optimizar la adherencia y el seguimiento: a veces por causas del paciente —vacaciones, dificultades de movilidad o necesidad de acompañamiento— y otras por factores del sistema, como demoras y variabilidad clínica.
La llegada de biosimilares, como los de ranibizumab y próximamente aflibercept 2 mg, añade una nueva tensión: sostenibilidad frente a incertidumbre clínica. ¿Tendremos herramientas para monitorizar resultados o cambiaremos de fármaco sin medir consecuencias?
En paralelo, estamos asistiendo a hitos importantes en terapia génica y otras vías avanzadas para enfermedades retinianas. Esto nos acerca a tratamientos más duraderos y menos dependientes de seguimientos intensivos, pero exige repensar cómo medimos eficacia, cómo organizamos circuitos y cómo seleccionamos qué paciente se beneficia de cada opción.
OCT e inteligencia artificial: potencial enorme, retos clínicos y éticos
La tecnología también avanza. Cada vez contamos con mejores tomógrafos de coherencia óptica, con imágenes de mayor calidad que facilitan diagnóstico, seguimiento y toma de decisiones.
La inteligencia artificial ya está aquí: algoritmos capaces de segmentar fluido, predecir necesidad de tratamiento o clasificar imágenes con precisión comparable a expertos. Su potencial es enorme, especialmente para:
la gestión y análisis de grandes volúmenes de datos clínicos,
la medicina de precisión,
y la democratización de la atención mediante cribado, telemedicina y modelos mixtos.
Pero el reto no es solo técnico. También es clínico y ético: la IA puede ser una herramienta poderosísima o un generador de sesgos si no validamos adecuadamente los modelos y no entendemos sus limitaciones.
Organización asistencial: eficiencia, variabilidad y medición de resultados
Uno de los grandes retos del futuro es la organización asistencial. Hemos creado unidades de terapia intravítrea más eficientes y se han optimizado circuitos, reducido tiempos y descentralizado funciones. Sin embargo, los resultados de encuestas recientes muestran una gran variabilidad entre hospitales en acceso, organización y gestión de procesos.
Algunos hallazgos relevantes:
Cerca del 90% de los centros no dispone de un protocolo escrito de derivación desde atención primaria.
Un porcentaje mayor sí dispone de protocolo desde el ámbito ambulatorio a consultas de retina o unidades de terapia intravítrea.
Las demoras de acceso suelen ser más elevadas desde primaria que desde el ambulatorio.
No todos los centros revisan resultados clínicos de forma ágil tras las inyecciones; y los sistemas disponibles suelen depender del propio servicio.
Entre las áreas clave de mejora destacan:
integrar mejor atención primaria y optimizar derivaciones,
reducir tiempos de acceso para ganar rapidez asistencial,
implementar protocolos escritos y unificar criterios,
optimizar la relación con farmacia para distribución y acceso a fármacos,
aumentar el uso de herramientas electrónicas para seguimiento y decisión clínica.
Todo ello debe apoyarse en una medición real de resultados: datos clínicos, indicadores, y también resultados reportados por pacientes (PROM) y experiencia del paciente (PREM). La recogida y análisis de estos datos es fundamental para mejorar la eficiencia y la calidad asistencial.
El paciente crónico, los modelos híbridos y la urgencia de la prevención
Otro reto pendiente en patología macular es cómo asistir al paciente crónico sin saturar el sistema. Se han probado modelos con controles estrictos, pero a veces el problema es logístico. Los modelos híbridos —control remoto con OCT en centros satélite, revisión asíncrona por retinólogos e incluso IA para triaje— ya se están probando con éxito en determinados contextos.
Si conseguimos mantener calidad con menos visitas presenciales, podremos:
liberar recursos para lo urgente,
mejorar adherencia,
y aumentar equidad.
Además, pese a los avances terapéuticos, el impacto social y económico de patologías maculares como DMAE, edema macular diabético o miopía magna sigue creciendo, con coste sanitario y también en productividad, cuidados informales y calidad de vida. Por eso hablar de futuro implica hablar de prevención: cribado sistemático de retinopatía diabética, detección precoz de DMAE y vigilancia en miopía magna. Tenemos herramientas clínicas y tecnológicas —incluida la IA—, pero necesitamos planes efectivos, campañas educativas y coordinación entre niveles asistenciales.
Invertir en prevención no solo mejora la vida del paciente: también alivia la carga económica y emocional que la pérdida visual impone a la sociedad.
Conclusión: el futuro de la retina es molecular, digital… pero sobre todo organizativo y ético
Estamos en un momento apasionante para la retina, con más ciencia, más tecnología y más posibilidades que nunca. Pero el futuro será, sobre todo, organizativo y ético: dependerá de cómo formamos a los nuevos especialistas, cómo construimos procesos clínicos sólidos, cómo medimos lo que hacemos y cómo garantizamos que la señal terapéutica llegue al paciente que lo necesita.


